Lo vi con con 6 años y luego lo entendí

Creo que tenía unos 6 o 7 años cuando, por primera vez, me fijé en el comportamiento de dos adultos.

Eran hermanos.

Dos hombres.

Uno de ellos era rico y exitoso; el otro vivía en la escasez.

Con ellos aprendí algo importantísimo.

Quédate, que te lo cuento.

Las personas somos todas distintas y, por suerte, nuestros resultados también.

Lejos de lo que ciertas ideologías defienden, eso está bien.

Pero volvamos al ejemplo.

Mismos padres, misma familia, criados de la misma manera, fueron al mismo colegio… y, sin embargo, uno era el norte y el otro el sur.

¿Por qué?

Con 6 o 7 años no lo entendía.

Con el tiempo, sí.

Al hablar con ellos y observar cómo pensaban y cómo actuaban, la respuesta se hizo evidente.

El que tenía más éxito era una persona activa en su propio progreso.

Cada mañana pensaba qué tenía que hacer… y lo hacía.

Cuando veía que debía cambiar o adaptarse, no se quejaba: simplemente lo hacía.

Siempre estaba preguntándose qué más podía hacer y cómo mejorar.

Cada minuto del día tenía un propósito.

Su hermano, en cambio, tenía una actitud completamente pasiva.

Pensaba que quizá algún día las cosas saldrían bien… pero no actuaba.

Se sentaba a mirar al cielo esperando un milagro, sin hacer nada para que ese milagro ocurriera.

Uno organizaba su día con intención, buscando hacer lo más importante.

El otro simplemente veía pasar el tiempo creyendo que, tarde o temprano, algo bueno caería del cielo.

Si te fijas, he mencionado la palabra «intención».

Ahí está la diferencia entre una actitud activa y una actitud pasiva.

Se trata de preguntarte cada mañana:

«¿Qué tengo que hacer hoy?»

Y después organizar el día para hacerlo.

Porque, al final, la vida no cambia en un solo día.

Cambia cuando sumas días vividos con intención.

¿Gestionas cada día con intención o simplemente ves pasar el tiempo al ritmo de las manecillas del reloj?

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