Lo entendí 20 años después

Hoy tengo que contarte algo personal.

Algo que encierra un principio del que poco se habla, pero que tiene muchísimo que ver con el progreso en todos los niveles.

Vamos allá.

Mucho de lo bueno que me pasa hoy, tanto a nivel profesional como económico, empezó hace décadas.

Empezó conmigo en una pequeña habitación que mi madre alquilaba cuando yo tenía solo 15 años.

Ella me compró mi primer ordenador.

Eran los años 90. Casi nadie tenía ordenador en aquella época.

De hecho, casi nadie entendía para qué servía un ordenador… y, para ser sincero, yo tampoco.

Pero sí entendí algo.

Entendí que mi madre se había gastado casi todos sus ahorros, poniendo en peligro nuestra tambaleante economía, porque estaba convencida de que aquello era una inversión en mi futuro.

Lo hizo por su hijo. Lo hizo por mi. Y eso se me quedó grabado.

Cada día aprendía más sobre ese ordenador sintiendo la responsabilidad de demostrar que aquel esfuerzo serviría para algo.

Con los años empecé a hacer trabajos profesionales usando el ordenador: planos arquitectónicos, cartas, programas a medida y muchas otras cosas.

Después estudié ingeniería informática y esos conocimientos me abrieron infinidad de puertas que han hecho que hoy esté donde estoy.

Cuando era adolescente no entendía por qué tenía que estudiar aquello en vez de salir a jugar con mis amigos.

Ahora lo veo clarísimo.

Obviamente no he llegado hasta aquí por una sola cosa, sino por una combinación de muchos acontecimientos.

Pero aquel día en el que ese ordenador llegó a mi casa cambió mi futuro para siempre.

¿Por qué te cuento esto?

Porque muchas veces nos pasan cosas en la vida, o sentimos que debemos hacer algo, y no entendemos el porqué.

A veces aparece una oportunidad, una situación inesperada o incluso un problema, y somos incapaces de ver qué sentido tiene.

Pero como dijo Steve Jobs: “no puedes conectar los puntos hacia adelante, solo puedes conectarlos hacia atrás”.

En otras palabras: puede que hoy no entiendas por qué está ocurriendo algo en tu vida ni cómo eso afectará a tu futuro.

Pero con el tiempo, mirando hacia atrás, todo empieza a tener sentido.

Por eso merece la pena vivir con los ojos abiertos.

Porque nunca sabes qué pequeña decisión, qué conversación, qué oportunidad o qué momento aparentemente insignificante puede cambiar tu fortuna para siempre.

Abre los ojos. Estate atento. Construye tu futuro.

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